08 octubre 2010

Apuntes sobre nuestros alumnos de nivel superior

Apuntes sobre Alumnos del nivel Superior

El Director de una institución educativa

Director de una institución educativa hodierna

Profesor, usted que viajó en tranvía

Profesor, usted que viajó en tranvía

“AMORES”, “ESCUELAS”


Dedico este trabajo a la memoria del
capitán Piluso y de Coquito.

Hace muchísimos años, el actor argentino Elías Alippi (el del famoso dúo Enrique Muiño –E. Alippi) interpretó, en una película de la filmografía argentina, a un simpático personaje: el CAPITAN LUCERO.

Este hacía alarde de éxito en el amor, más precisamente con las damas, entonces repetía esta frase: “Qué le van a hablar de amores al Capitán Lucero”.

Así, el tal se me presentaba, como ya dije más arriba, simpático y entrador. Lo curioso es que el Capitán Lucero sabía de qué hablaba y entonces, porque sabía, hablaba…

Aunque se presentaba muy elegante y buen mozo en su uniforme militar, su pensamiento y, por ende su léxico, estaba rondando siempre en los “amores”.

¿Podríamos decir que era “experto en amores”?

Creo que sí y también pienso que, si Lucero no hubiera sido militar y sí, en cambio, hubiera sido farmacéutico, por ejemplo, él hubiera sido igualmente versado en amores, porque él nació para amar, para saber cómo conquistar a una dama, para decir hermosos requiebros, para musitar palabras bonitas, en fin..., hubiera sido un “don Juan redivivo”, un “don Juan porteño”, pero, en definitiva, siempre un “don Juan”, que es decir mucho.

Lamentablemente, el don Juan de la Literatura Castellana pasó y no dejó discípulos. Los que se dicen “don Juan” no son nada, sólo imitadores burdos de aquel lejano maestro.

Se fue y nos quedaron sus mentas (¡Y qué mentas!)

Tanto dio que hablar que el Dr. Gregorio Marañón escribió un tratado al que tituló precisamente “Don Juan” e hizo un profundo análisis de su personalidad. No quiera saberse a qué conclusiones llegó.

Y Lucero también pasó y nos dejó su recuerdo, porque tampoco formó escuela ni tuvo discípulos. Pero a mí me encantó, porque lo vi seguro de sí mismo, bien plantado, sabedor, decidor y resuelto.

Me agarra algo de nostalgia cuando me acuerdo del Capitán Lucero y, en silencio, con el pensamiento se me ocurre enviarle este mensaje “Qué me van a hablar a mí de escuelas, eh Lucero”. “Vos eras entendido en “amores” y yo soy entendido en “escuelas”. Y te pregunto: “amores” y “escuelas”; “escuelas” y “amores” no van parejos?”

Y si parece petulante que yo me exprese así, no lo es tanto.

Porque, al día de hoy (20/X/2009), tengo 42 años, 8 meses y 6 días de trabajo docente. Quiere decir que más de la mitad de mi vida la pasé en “escuelas” dando y recibiendo “amores”.

Sé más bien poco de teorías pedagógicas, de rescatar lo pedagógico (tema del que bastante se ha hablado entre directores de escuelas privadas provinciales), de psicología educacional, pero he pasado por tantas escuelas… que si tuviera que acordarme de todas, lo más probable es que me olvide algunas.

Pero de un tema que creo saber es de cómo conducir mi propia escuela.

Y de manera conexa aprendí algo sobre directores, maestros y profesores; también de niños, de jóvenes, de alumnos; de bibliotecas; de recreos y que sé yo de cuanto más…

Estoy espantado de saber qué gente hay hoy en las escuelas… Gente sin interés, sin preparación, sin ganas de enseñar, sin amor por los alumnos, improvisados, incapaces. Lo peor es que eso lo veo casi a diario. Hay quienes no saben cuando es “nunca” y otros que no distinguen un “gato” de una “pera”. Les falta preparación, capacidad, solvencia, seguridad, carisma…

Hace unos días, una vecina me mostró las carpetas de matemática y de lengua de su hijita. Me bastó ir pasando las hojas para darme súbitamente cuenta de que la maestra de la niña no sabe corregir, no sabe evaluar. Su evaluación no sirve.

Cierto es que necesitamos encuadramientos (o referencias) teóricas (bibliográficas), que, sin dudas, nos resultan útiles. Podemos extractar ideas y aplicarlas cuando las circunstancias nos lo permitan. Pero con eso no hacemos mucho para dar una clase mejor, porque se es “maestro” (o “profesor”) de alma, de vida, de corazón… o se es un “chanta” irresponsable, un “menefreguista”.

Esta palabra fea es un neologismo creado por el mejor amigo docente que conocí, el italiano don Nicola, residente ahora en las Chacras de Carrodilla, Luján de Cuyo, Mendoza, jubilado, con quien trabajé durante nueve años en una escuela para sordomudos, cuando era yo demasiado joven y quería saber y aprender muchas cosas útiles y buenas sobre ortofonía, dado que mi amigo era un excelente foniatra.

Con la palabra que escribí más arriba, salida de sus labios, él quería significar a aquella persona a la que, en la escuela, no le importaba nada… ni los niños, ni los padres, ni el director, ni… ¿para qué seguir?

Como dije: algo aprendí sobre escuelas y más deseo aprender, por eso, a los 61 años de mi edad, sigo entusiasmado apostando a la educación. Para ello, coadyuva el buscar una preparación constante.

Y del mismo modo como el Capitán Lucero hablaba de “amores”, yo hablo de “escuelas”, que también es hablar de amores…

Pero ciertamente sucede que el que ama mucho, siempre prefiere a alguien más que a otros.

En este tema de las escuelas, mi corazón, con mis amores, está ligado desde el 1 de abril de 1974, esto es: 35 años, 6 meses y 20 días (al 20/X/2009) al PABLO VI, establecimiento que tuve el honor de haber iniciado.

En él, hice dos diseños curriculares; creé una Biblioteca Especializada en Educación Especial, Audición y Lenguaje (“Asunción”), la cual ya cumplió 30 años; organicé jornadas, viajes educativos, cursos de perfeccionamiento docente, conferencias, una cátedra de cine (“Doctora Alma Novella Marani”), una cátedra de Cultura Cristiana (“Mons. Carlos Galán) y una cátedra permanente de Educación Especial (“Sor Asunción Clarizio); además, enseño, administro, superviso, cuido los detalles…, para que sea un establecimiento encaminado a la excelencia, en el que pienso seguir hasta que cumpla yo 100 años. Me quedan 39, pero mi corazón está intacto, mi mente lúcida, mis ganas de trabajar arden como la caldera de una locomotora a vapor.

Por eso, al ir poniendo cima a este escrito, le agradezco al Capitán Lucero que me haya inspirado “amores”.

Tenía razón cuando decía “que le van a hablar de amores…”

Qué le iban a hablar a él de tales asuntos. Supuestamente de ello sabía tanto…

Pero también tenía razón San Juan de la Cruz, el insigne vate castellano, cuando escribió:

“En el atardecer de la vida, serás examinado en el amor”.

Amor, amor, amores.

Si lo dicho pareciera remanido, lo niego. Más remanido sería el tema del amor y aun así vemos que la gente desea perseverar en el amor. Yo me incluyo, porque, en puridad de verdad, vivir sin amor… ¿para qué vivir?

Y si alguno dice que no quiere vivir del amor, yo le diría en italiano, para que no se ofendiera:

“Pover’ uomo stupido, ma che cosa sai tu sulla vita se non senti amore?

Ángel Alberto Berro

Profesor en Idioma Castellano y Literatura
Profesor de Lengua Italiana
Formador de Formadores para instituciones educativas

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